Eduardo Esparza. Foto de Pilar Duarte Nieto


La caligrafía interior
Por Gonzalo Márquez Cristo
Reportaje exclusivo para Con-Fabulación con uno de los maestros de la plástica colombiana, donde la lúdica de su niñez, la militancia política de su juventud, su participación en un descubrimiento mundial pionero en la técnica de la serigrafía, son complementadas con las agudas reflexiones y divertidas anécdotas, que definen a este artista que fuera en dos ocasiones Campeón Mundial de Trompo y que ahora se encuentra inmerso en los Visibles, una extensa serie de pinturas para exorcizar nuestro trágico acontecer.

Después de una hora de extravío llegamos a su finca de Tabio, o Boquerón de la labranza, como denominaban a este pueblo los muiscas, y al franquear la puerta escuchamos el canto de un gallo, que fue respondido al unísono por otros dos, del centenar de vistosas aves de riña que alberga el artista en sus galpones.
“El canto está afuera del gallo, está cayendo gota a gota entre su cuerpo…”, dije a manera de saludo, recordando a Eugenio Montejo, aquel poeta venezolano obsesionado también por esa criatura tan versada en herir la oscuridad.
—Es mi ave totémica… Me asombra su belleza y su enamoramiento de la muerte, tengo tantos en mi galpón como en mis telas —dice Esparza entusiasmado.
—¿Qué piensa de la incesante selección realizada por el hombre durante milenios que hizo de ese pájaro un ser tan fascinante como aterrador...?
—Eso puede ser cruel pero es un matiz integral de una cultura. Sin embargo hay una estigmatización por parte de algunos ecologistas de doble moral, que protegen una flor pero son indolentes con el dolor humano; yo creo que cuando ellos marchen por los desplazados y las víctimas de nuestras masacres creeré en sus consignas afelpadas... Un pollo de supermercado es sacrificado a los cuatro meses, mientras un gallo de combate puede sobrepasar, si tiene suerte, los doce años de vida, consentido por su harem de gallinas y cuidado como un pequeño dios. Entonces me pregunto ¿cuál de estos dos destinos es más codiciable?
El artista nos antecede con su camisa a cuadros mientras los tres perros giran frenéticamente a nuestro alrededor. Todas las paredes de su taller están intervenidas con los trazos amarillos y rojos característicos de su obra. Unas pinturas de madera, erguidas como tótems, recortan el espacio. Vemos los rodillos y las mesas donde elabora su obra gráfica y luego el cuidadoso catálogo de la Bienal Internacional de Grabado José de Ribera, que ganó el año pasado en Valencia, España.
—Es prudente ir a encender el horno de piedra pues debe calentarse durante tres horas antes de introducir los alimentos, como lo sabe cualquier Neardenthal.
Su frase es categórica, entonces nos dirigimos apresurados hacia el patio seguidos por el ladrido de los perros y lo vemos liberando el fuego entre las fauces del hermoso horno, mientras el labrador negro de brillante pelaje escupe una pelota de caucho obsesivamente sobre mis zapatos. 
 —Los esperaba antes… —murmura—. ¿Se perdieron, verdad?
—Extraviarse es el objetivo de todo viajero auténtico… —exclamo.
—Y de todo buen artista —agrega—. No soporto a los pintores que no se salen del camino. Es importante investigar, ir de una fase a otra, exponerse a territorios peligrosos… Un pintor que deja de buscar me intranquiliza.
Eduardo Esparza nació en Palmira (Valle) en 1956. De niño “producía” fiebre para no ir al colegio con el fin de quedarse dibujando en casa, fiel a su ineludible pasión. Desde aquella época ha mantenido también un vínculo inquebrantable con los animales.
—Llegué a tener siete acuarios, me fascinaba el colorido de los peces, el misterioso ritmo que imponen al nadar, al perseguirse en sus escarceos de seducción… Alguna vez tuve hasta pirañas —agrega fiel a su consigna de parecer salvaje, con su marcado acento valluno.
—El arte como una infancia recobrada, a la vez posibilidad lúdica y relámpago de la muerte… —divago pateando la pelota, ya casi domesticado por el inquieto labrador que gira incansable, y sonriendo recuerdo la escena de El Principito con el Zorro.
—Conocer las dos caras de la luna, el cruel y hermoso aprendizaje de los primeros años. Por un lado los juegos de mi niñez tenían algo milenario que los hace insustituibles. Las cometas me alucinaban. Sus colores, su comunicación con el viento, ese elemento invisible y poderoso. También aprendí a controlar el trompo, que ha sido para mí determinante. Tengo la costumbre de meditar mientras animo ese juguete de madera. Un día advertí que mis obras tienen el ritmo de su lúdica, sus diagonales, sus movimientos horizontales, sus fugas en ascenso… Y por otro lado, debido a que mi padre era gallero, en su compañía fui acercándome a ese rito (a tal punto que hoy puedo distinguir la voz de mis gallos favoritos); y así conocí el juego y también la muerte, poco antes de descubrirla ensañada en nuestra historia patria.
—Usted reconoce en el trompo un movimiento cósmico, me ha dicho... Como el girar de un astro… ¿Podría hablar de la Secta del Trompo Rojo antes de retomar el rumbo inescrutable de la muerte?
—Es una cofradía de seres que no renuncian a su niñez a la cual pertenece el escultor Guillermo Melo, y como si se tratara de los Illuminatis prefiero guardar los otros nombres en secreto —responde sonriendo—. En el cortometraje, El trompo, dirigido por Diego García, se puede rastrear algo de este peligroso movimiento infantil.
—En 1991 y 1992 obtuvo consecutivamente el curioso Campeonato Mundial de Trompo...
—Sí, en Sogamoso fundaron esa contienda para consagrar al bello juguete que fue parte de nuestro imaginario. Debíamos competir en tres complejas modalidades: “Calle Peleada”, “Rayuela” y “Trompo en la Cuerda”. Sobra decir que las semanas previas a ese encuentro tan trascendente son las únicas de mi vida en que renuncié voluntariamente a la pintura.
—El trompo aparece en el cuadro de Brueghel “Juegos infantiles”, y obviamente en “El niño de la peonza” de Chardin —recuerdo animándolo a continuar.
—Y además fue nombrado por Virgilio en La Eneida. Tiene más de cuatro mil años… Los indígenas americanos han inventado un trompo macho y uno hembra, y aunque para mí su sexualidad es un enigma, lo que llama mi atención es su carácter sensual, el diálogo entre la cuerda y el juguete. Su danza, es algo que determina mi pintura... Más tarde haré una demostración explicativa.
Una lluvia fina comienza a caer y debemos buscar un sitio próximo al horno para calentarnos, y de pronto siento —yo que padezco de cinofobia— la lengua de la poderosa perra Akita, que buscando protección debajo de la mesa, lame mi mano, provocando la hermosa risa de la mujer que me acompaña. Levantándome aterrorizado veo que Esparza sin comprender mi sobresalto continúa ensimismado en sus evocaciones infantiles.
—Estuve en Palmira hasta los veinte años y allí, en el Apretadero, que era el lugar de los enamorados, yendo a espiar a las parejas ardientes vi por primera vez un muerto, el Capitán Ceniza: figura patética de la violencia entre liberales y conservadores que azotó a Colombia sin cesar desde la muerte de Gaitán.
—Usted fue militante de la Juventud Patriótica y creyó con intensidad en el compromiso del arte…
—Participé en la JUPA, haciendo política de pies descalzos. En 1978 viví siete meses en Corinto en mi tarea de concientización. Mi labor principal consistía en vender el periódico Tribuna Roja, voluminoso y aburrido órgano teórico de aquel partido, y cual sería mi sorpresa cuando noté que todos los ejemplares que me enviaban se agotaban en pocas horas. Decidí por tanto pedir los que sobraban en los municipios aledaños y aquellos se vendían con la misma suerte. Exaltado me comuniqué con el Comité Central asegurándoles que nuestra política era arrasadora, que la revolución sin duda nacería de ese pueblito del Cauca y que tal vez yo era la encarnación de Mao Tse-Tung; sin embargo una mañana, mientras celebraba la contundencia de mi talento político, advertí con desolación que el periódico lo compraban ávidamente los lugareños para envolver los productos que vendían en la plaza de mercado. Poco después busqué escondite en el arte.
—¿Qué piensa de este tiempo donde las expresiones estéticas han sido despolitizadas, hasta excluir incluso su poder humanístico?
—Es importante tener la convicción en el arte que poseía Goya y Picasso, y más cuando en nuestro país la ultraderecha dice: “no hay desplazados sino migrantes”. ¡Qué cinismo! Hay artistas como Botero que no asumen una posición política sino estética, lo cual para mí es incompleto, aunque en esta sociedad tan carente de solidaridad eso me parece respetable.
—Sus primeras series fueron Torturas, De las muñecas y los pacientes y La metamorfosis de la locura, a comienzos de los ochenta…
—Quise contar la violencia que padecíamos y me interesé también por la locura…  Así indagué en la anti psiquiatría, bautizada en los años sesenta por Cooper.
La frondosa cola de la Akita golpea mi copa de vino, que gira —como un trompo, ahora lo pienso—afortunadamente sin consecuencias lamentables. Un poco temeroso por ese inesperado evento intento concentrarme en la entrevista:
—Estudió unos semestres de agronomía y desertó… Luego se matriculó en el Taller de Artes Aplicadas de Palmira y en la Facultad de Bellas Artes del Tolima, tentativas inconclusas… Fue en la Corporación Prográfica donde usted logró cierto sosiego…
Pornográfica diría Leonel Góngora. Es cierto. Fue venturosa mi estadía allí donde conocí maestros como Alcántara Herrán que se preocupaban porque el arte expresara la injusticia de este aciago territorio. Allí conocí a Chalo Rojas, Virginia Amaya, el Diablo Martínez y Phanor León. Interlocutores profundos que abrían mis vertientes expresivas. También conocí a Sophia Glazer, una bella polaca que montó el taller de litografía y dictaba clases en bikini. Y recuerdo que esta mujer perturbadora para los sátiros de la Corporación, adoraba a Karol Wojtyla, por lo cual colgaba afiches de este Papa en todas las paredes, mientras Alcántara y yo gozábamos cambiándolos furtivamente por afiches del Ché.
—La influencia de Francis Bacon sobre los pintores colombianos que se consolidaron en la década del sesenta fue determinante —digo mientras le lanzo la pelota al perro—. Granada, Rendón y Góngora, en sus inicios, encontraron similares formas tormentosas para contar nuestra realidad…
—Por ellos pude emparentarme con Bacon, ese genio irlandés tan influyente en nuestro arte... Los Expresionistas Colombianos son los únicos que han pintado aquí la noche, la fiesta, el sexo, las pasiones, el crimen, el latir de esta sociedad desquiciada.
—Harold Bloom escribió un tratado sobre la angustia de las influencias y el pavor del artista por quedar muy cerca al tronco paterno donde le sería imposible existir. Kandinsky, Miró y Picasso a veces irrumpen en su obra; también en sus primeras fases era posible sorprender la impronta de Armando Villegas…

Eduardo Esparza: "Fábula".
Serie: Ecosistemas

—La influencia puede ser angustiosa pero también es una dádiva. Los tres primeros son estrellas que guían en todo el mundo, y desde hace varias décadas, a los navegantes extraviados, llevándolos a una confrontación sustancial. Pero mi acercamiento inicial al arte de Villegas, provisto siempre de una gran técnica, se debe a que juntos bebemos de las mismas fuentes: Paul Klee y Max Ernst. 
—Su pintura se caracteriza por apropiarse de los métodos del grabado, por pintar para luego despintar, por sustraer hasta encontrar la luz oculta. También por un manejo singular de planos que deja a la forma expuesta en su estructura geométrica…
—En realidad yo pinto y luego me devuelvo, es decir que el esgrafiado se vuelve culminante, y el cabo del pincel me es más útil que sus cerdas.
El frío se impone y debemos buscar nuestras chaquetas en la sala. Contemplo las paredes con atención. Veo un abrigo de madera colgado en un gancho, algunos retratos, varias pinturas de gallos atigrados y un gato persa gris que goza del respeto —de la reverencia sería más exacto— de los temerarios caninos.
—Usted es un grabador reconocido —digo regresando al porche, viendo a Esparza como una especie de Vulcano, alimentando el horno con fruición—. Ha cultivado con virtuosismo la colografía, el aguafuerte, la aguatinta y por supuesto la serigrafía… técnica donde ha hecho verdaderos hallazgos…
—El puertorriqueño Lorenzo Homar y el cubano Mariano Rodríguez, son dos de los grandes artistas latinoamericanos que me enseñaron trucos de esa técnica fundamental. También comparto con Mariano el placer de pintar gallos. En una ocasión hice una serigrafía a partir de una obra de Pedro Nel Gómez en la cual utilicé 64 colores y desde ese momento creo que un pintor sin obra gráfica es como un beso sin lengua.
Se oye un atenuado gallo en la distancia. Permanecemos atentos.
—Escucharon, es Rulfo. Conozco su canto oscuro, inconfundible —comenta Esparza con hilaridad.
—¿Por qué abandonó Cali, ciudad que en esa época mantenía una vivacidad cultural que quizá no ha vuelto a tener?
—Pintaba, actué con Enrique Buenaventura en Las dos caras del patroncito. Compartí caminos estéticos con Walter Tello ahora afincado en Alemania… Pero en 1980 partí a Bogotá ante la oferta de trabajar en Arte Dos Gráfico. Allí hice las carpetas Neruda o la alegría del mundo y Alquimia de imagen. También participé en la renovación de la serigrafía con Carlos Alberto Calvo y Jaime Valencia: utilizamos látex sobre la seda, lo cual fue una técnica pionera en el mundo. En torno a ese Taller se reunían pintores como Leonel Góngora, Ángel Loochkartt y Fernando De Szyszlo, con quienes fui compartiendo mis interrogantes. Y Antonio Samudio, demencial personaje que se desplazaba como un felino por los tejados bajo el efecto etílico y que una vez tumbó un muro a mazazos como si fuera la encarnación de un Hércules tropical.
—En 1991 expuso su serie Trompo ludens, luego las Flores carnales y los Falogones, donde su preocupación por el erotismo es notable. Vino después un despojarse de ese abigarramiento que imperó en su obra, hasta llegar a una extraordinaria serie que podría llamarse Geometría encarnada o… Geometría alucinada, realizada al promediar el año 2000, donde los colores tierra propician un momento alto de su expresión pictórica. ¿Podría explicar ese proceso estético de simplificación?
—Se refiere a la etapa donde aprendí a usar a profundidad los colores que me legó el oficio de serígrafo. Unos años después me despojé aún más de la forma, como lo hace un stripper, y fui realizando una disección de los planos hasta llegar a los Ecosistemas que me han ocupado durante el último lustro.
—Y después de los sintéticos Ecosistemas (“hilos de color rojo recorren el cuadro, quizá los amarillos sean los trigales de Van Gogh”, como los describe en un texto), siguieron algunas piezas recortadas que se emparentan con la escultura, y luego el conjunto de Pinturas negras, alegorías de momentos trágicos de nuestro país como su “Homenaje a los diputados del Valle”. Conversemos de la serie que ahora lo perturba: Los visibles.

Eduardo Esparza: "Visibles"

—Es la primera vez que hablo de estos cuadros... Desde hace dos años me propuse mostrar la imagen gráfica de una víctima. Pinté 27 obras, algunas de gran formato, y como Picasso nos enseñó que la violencia debía ser en blanco y negro, mi paleta fue restringida al color que todo lo niega, o al color ausente, y a los grises, a los blancos… Sé que nunca hice nada tan honesto.
—En esta exploración “El Guernica” es referencia ineludible, pero además existe la intención de mostrar apenas la silueta de las víctimas, su radiografía. Recuerdo que años antes cuando pintó la naturaleza lo acompañaba un barroquismo indomable, pero al representar ahora al hombre desgarrado todo se simplifica, y queda tan solo el grafismo de su destrucción…
—Sí… Me esforcé por destruir las formas para poder contar que estos seres desmembrados existieron y permanecen aún en nuestra memoria. Que se fueron de nuestra compañía con sus lunas y soles que amaron, con sus animales queridos, pero todavía iluminan nuestros recuerdos. Estudié el regreso de los enfermos terminales por el simbólico túnel, y eso es lo que deseo expresar, la estela de la vida. Antes mi obra venía de la contemplación, ahora surge de mi más profunda caligrafía interior. Pienso que en mis Visibles no existe la gravedad. No sé cómo explicarlo, o tal vez sí, como cuando realizo algunas figuras con mi trompo.
Al escuchar un canto agudo en la distancia, espero que esta vez no sea Sócrates, quien antes de tomar la cicuta confesó deberle un gallo a Esculapio.
Han pasado casi tres horas y próximos a asaltar el vientre del horno con nuestro alimento terrestre, nos disponemos a asistir a la improvisada escena prometida por el Campeón Mundial de Trompo. De una bolsa de cuero sale su pequeño duende danzarín. Esparza lo lanza sin dejarlo llegar al piso y comienza a efectuar dibujos etéreos. Lo hace subir mágicamente por la cuerda negando la gravedad, lo arrulla, lo acuesta como a una mujer que se enrolla en sus propios brazos, lo hechiza, lo obliga a sus contorsiones elípticas… y por último lo duerme sobre la uña. En ese momento intentando testimoniar ese artilugio inolvidable disparamos fotos sin parar, mientras los perros baten las colas y el gato camina acechante a punto de saltar sobre ese juguete de madera que Esparza ha logrado convertir durante algunos minutos en un resplandeciente colibrí.
Permanecemos en silencio. Luego, al terminar su prestidigitación, mientras guarda con extremo cuidado su trompo, lo escucho decir:
—Vivo en este oscuro país y hace mucho sentí el deseo capital de testimoniarlo. Sin duda todos nos definimos en la infancia: allí conocemos el juego y la muerte. Desde entonces llevo la oscuridad de este tiempo tan nefasto —reflexiona bajando la voz—. Un día le regalé una serigrafía al poeta Leopoldo Berdella titulada “Radiografía al lado de su tumba”, y cuando se suicidó involuntariamente, en un episodio dramático ocurrido en 1988, la bala atravesó su cráneo y quedó incrustada en mi obra. ¿Qué más puedo agregar? Él es uno de mis Visibles, de mis más visibles invisibles...

Tabio, 9 de junio de 2012

Eduardo Esparza nació en Palmira, Valle del Cauca - Colombia, 1956). Estudió en la Escuela Departamental de Arte y Cultura de Cali, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Tolima y en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. Su obra ha sido expuesta en diversas galerías de México, Estados Unidos, Venezuela, España, Suiza y Colombia. Creó el Taller Carángano con el cual ha realizado gran parte de su obra. Editó las carpetas: Lapislázuli (1981), Cuadrante (1982), Días y noches de guerra (1983), Pandora (1983), Alquimia e imagen (1985), y el libro gráfico Neruda y la Alegría del Mundo (1984).

Entrevista con Carlos Fuentes

Por Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo
En homenaje al narrador y ensayista mexicano recientemente desaparecido (15 de mayo de 2012), publicamos un fragmento de la entrevista concedida a la revista Común Presencia durante una de sus visitas a Colombia, siendo notable su cambio de opinión difundido durante los últimos años, con respecto a la legalización de la droga y al Tratado de Libre Comercio de su país con Estados Unidos.
El divorcio entre sueño y realidad, la catástrofe que no accede a ser tragedia, la invasión de los imperios acometida por los pueblos marginales, la universalidad de la tecnología y la violencia, son aquí enfrentados con el rigor que siempre ha caracterizado a esta figura de las letras contemporáneas. La conversación está publicada en su totalidad en el libro Grandes entrevistas de Común Presencia, “Premio Literaturas del Bicentenario 2010” y disponible en las librerías colombianas y en Amazon.com.

* * *
Lo conocimos en 1993 bajo los acordes del himno nacional mexicano que sonaban previos a una rueda de prensa programada por las autoridades culturales de su país durante una de sus promocionadas visitas a Colombia.
Carlos Fuentes luego de un breve saludo al público anunció: «Como suelo hacerlo en cada escenario del mundo a donde asisto, concedo la primera pregunta a un periodista mexicano, en este caso a María Cortina corresponsal de guerra, que esta tarde se encuentra entre nosotros».
Después de un colectivo interrogatorio que se extendió por cincuenta minutos, regido por periodistas de cinco países, fuimos presentados dentro del homenaje que se le brindaba y en el que no faltaron las botanas de tacos y los tradicionales Herradura de agave azul, que serían decisivos en el instante de perpetrar la entrevista aquí publicada. Indeciso al comienzo ante nuestra súbita propuesta, Carlos Fuentes quedó persuadido cuando conversamos sobre esa profunda veta poética que nos atrapaba en algunas de sus piezas magistrales como «Chac Mool», «Un alma pura» y sobre todo «Muñeca reina» con su conmovedor personaje de Amilamia, que parecía el melancólico retrato de uno de sus grandes amores juveniles. «Casi nadie pregunta por mis cuentos», dijo eufórico a manera de aceptación. La entrevista quedó concertada para el día siguiente en el lobby del hotel del norte de Bogotá donde estaba hospedado.
Muy temprano y a la hora prevista, lo encontramos buscando en el periódico noticias referentes a su evento de la noche anterior. Después del saludo, y sin preámbulo, abordamos el controvertido tema de la legalización de la droga, de vital importancia para toda nuestra América Latina, y su respuesta fue tan imprevisible que todavía nos asombra: «Yo entiendo a los gobiernos que en su misión paternal hacia la juventud crean diques penales para evitar su consumo y pienso que la idea de la legalización es bastante arriesgada porque se generalizaría su sombra y la población sufriría una nociva metástasis».
Sin dudarlo le respondimos que un mes antes el poeta Octavio Paz —a quien criticaran tanto los intelectuales de izquierda— en una entrevista que le realizáramos en Ciudad de México, se había mostrado categóricamente a favor de su legalización, mientras que él prefería ser más cauteloso. Fuentes dijo de manera concluyente que su posición era esa y que sin embargo respetaba la ligera declaración de Octavio Paz al respecto.
—¿Cómo sobrevivieron anoche a la invasión mexicana? —preguntó para orientar la conversación a aguas sosegadas—. No sabía que en Colombia el tequila despertara tanta pasión. Esta bebida extraordinaria, proveniente de la “planta vivaz”, como consta en el diccionario de la Real Academia, activa la palabra y el recuerdo... ¿Por qué no escribir una fenomenología de este licor?
—También aquí despierta fanatismo Emiliano Zapata y claro, José Alfredo Jiménez… —comentamos—. Y a propósito de este compositor, ¿por qué en La muerte de Artemio Cruz, el epígrafe inaugural de su novela: «La vida no vale nada, nada vale la vida», aparece sin autoría, y está simplemente firmado como “cantante popular”?
—Cuando escribí esa obra no me pareció pertinente mencionar en el preludio a ese febril cantautor que había devorado nuestro imaginario. Su talento permeó la noche, la intimidad, todos los recodos de nuestra región más transparente y nuestras zonas sagradas… —respondió otra vez evasivo.
—«Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me punza como filo de maguey. Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos. Y mi eterno salto mortal hacia mañana»— así comienza La región más transparente—. Insistamos aquí en la idea fundamental de ese párrafo: ¿si en México no hay tragedia, es porque hay tan solo melodrama…?
—Afrenta, nostalgia insaciable, discordia parásita… Es un padecimiento generalizado en toda América Latina.
Usted ha dicho que el melodrama es la comedia sin humor, ¿pero la tragedia... tan soñada por Steiner y por su querido Domenach, podrá asistir nuevamente al hombre con toda su lucidez?
—Yo sé que es difícil, porque el melodrama y el progreso están íntimamente relacionados. Desde el momento en que el cristianismo transformó al mundo antiguo, lo convulsionó diciendo que era posible alcanzar la felicidad en el más allá y que la historia se desarrollaba en forma lineal a partir de la caída. ¿Cuál caída? Yo creo que Eva nos redimió. Eva no cayó, ascendió, pero en la concepción histórica del cristianismo, las cosas se desarrollan linealmente a partir de la creación, la caída, la redención por Cristo y finalmente el Juicio Final, la recompensa de los buenos y la condenación eterna de los malos. Es una visión muy melodramática, muy maniquea que en el siglo XVIII se polariza. Así la felicidad sólo es posible a través del progreso lineal, dirigido siempre hacia el futuro.
Pero ahora que el crimen o la afrenta se han opuesto irreconciliablemente a lo trágico...
—Las llamadas tragedias del siglo XX nos han demostrado la falsedad de esta visión ultra optimista del progreso y la perfectibilidad humana en ascenso perpetuo. Nietzsche advirtió que la historia y la felicidad rara vez coinciden, y el siglo XX se encargó de demostrarlo. Pero como perdimos la cultura trágica de la antigüedad, no supimos responder a la historia del siglo XX, sino con el crimen. Auschwitz y el Gulag son crímenes más que tragedias. No sé si podamos en el siglo XXI reestructurar un sentido trágico de la vida, un sentido de valores en tensión, valores opuestos pero en tensión, nutriéndose unos a los otros, para que a través del fenómeno colectivo llamado por los griegos la Catarsis, sea posible creo, limpiarse de la derrota, reconstruir un mundo nuevo.
¿O un mundo antiguo, alterno, múltiple, que rectifique la traición del tiempo lineal que usted denuncia y sus maniqueísmos?
—No sé si vayamos a hacer esto en un mundo tan difícil como el que nos ha tocado, en el que la simplicidad maniquea de la Guerra Fría, dos ideologías, dos naciones en pugna y el resto del planeta afiliado a uno u otro bando, ha sido sustituido por todo aquello que la Guerra Fría ocultaba: la pluralidad de culturas, la multiplicidad de etnias... Y ahora al sentirse los pueblos desamparados, fuera de las dos ideologías nucleares, han tenido que recurrir a nuevas alianzas, a nuevas formas de afectividad y de reunión, que se llaman: familia, nación, religión, cultura, etc... Lo cual explica en gran medida, la fragmentación que estamos viviendo en el mundo actual. ¿Qué se va a recomponer a partir de eso? Es imposible adivinarlo. Puede nacer una cultura trágica en la que los opuestos no se aniquilen, no se excluyan; sino que acaben por operar una síntesis creativa, una síntesis de valores. Eso está por verse en el siglo XXI.
—La tentativa de cautivar el fluir, el transcurso, la historia, para esencialmente enunciar la libertad y la prisión implícitas en una frase englobante, lo condujo a titular el conjunto de sus novelas: La edad del tiempo…
—En ese título general los términos se complementan hasta hacerse rotundos. Se patentiza un problema esencial: el tiempo, sus grandes acertijos, su extrema máscara de la muerte, y la misteriosa venganza acometida por el artista para burlar sus valores inexorables... El nuestro ha sido un siglo que ha realzado esa problemática original desde diversos ángulos, en obras como la de Heidegger cuando se interroga: «¿Se revela el tiempo también horizonte del Ser?»).
—Y también en la de Proust cuando afirma: «Una hora no es sólo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas».
—O la bella visión de Broch sobre el transcurrir: «Participo de la creación en el recuerdo».
—«Memoria del futuro y predicción del pasado», es su definición de Alejo Carpentier, pero en realidad ¿no expresaría esta fórmula su propia obra?
—Yo poseo una concepción del tiempo que convierte el pasado en memoria. La vida auténtica del pasado es la memoria y la vida auténtica del futuro es el deseo. Yo lo que quiero medir, lo que quiero calibrar, es la intensidad de la memoria hoy, y la del deseo hoy; más que empeñarme en alcanzar un futuro inalcanzable que ha sido uno de los grandes dramas de la modernidad: proponer un porvenir por definición inalcanzable. Cuando hablamos de los valores de la tragedia, hay que admitir que muchas de las cosas que más deseamos, que más anhelamos, no las alcanzamos nunca. Pero ese fracaso es valioso. Lo que vale quizás es la lucha. Yo no sé si existe la libertad, por ejemplo; si se puede alcanzar la libertad plena, pero sé que la lucha por la libertad vale la pena. Esto sí constituye un valor vital, un valor de la existencia, aun cuando se fracase en el empeño de conseguirlo.
—Los mitos aztecas, la Revolución Mexicana, el descubrimiento y la conquista de América, obsesionan su reflexión. Hace 500 años nos enfrentamos intensamente al problema del otro, a las conjeturas propuestas por la identidad, que pronto dejaron testimonio en el arte americano de la colonia…
Desde Colón (inventor de ese subgénero literario conocido como Realismo Mágico Latinoamericano), América ha vivido del divorcio entre sueño y realidad. Esto puede evidenciarse en el arte colonial. En nuestro continente, el barroco fue algo más que en Europa, fue una respuesta a preguntas esenciales: ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo?, ¿a quién le debemos complicidad o alianza?, ¿a quién debemos orarle, a nuestros viejos dioses, o a los nuevos? Nada expresó mejor la ambigüedad de estas preguntas que el arte del barroco americano. El barroco, un arte mudable, como la imagen misma del tiempo, espejo en el que vemos nuestra identidad en cambio constante.
—¿Cree que el asombro del encuentro, y las relaciones de poder surgidas durante la Conquista y la Colonia se reproducen todavía en forma extensiva, obligando a diversas comunidades a migrar a países desarrollados, en un desgarrador exilio?
—Sin duda, y aún no estamos preparados para aceptar aquel mestizaje sin precedentes, que se está reproduciendo en este momento entre la llamada «aldea global» y las «aldeas locales».
—¿Usted postula la venganza de los pueblos marginales como una invasión hacia dentro, que se está realizando actualmente a lo largo del planeta?
Sí, el mundo está tan integrado que el movimiento de pueblos está en permanente aumento, y va a crecer día a día, y a poner a prueba la capacidad de asimilación y tolerancia de todas las sociedades, pero sobre todo la de las sociedades altamente desarrolladas del Occidente, que durante cinco siglos, pasearon impunemente sus valores políticos, económicos y culturales, por el resto del planeta, imponiéndolos a todo el mundo; y hoy no quieren aceptar que sean los pueblos de la periferia los que vayan hacia el centro, aportando su presencia, su trabajo, pero también su cultura, su religión, su cocina, su lengua, a las antiguas metrópolis del Occidente... Porque si hay comunicación instantánea habrá también migración instantánea, ya no en carabela sino en jet; y no podemos olvidar que toda frontera es invisible a pesar de que los políticos quieran hacerlas de alambre electrificado. Por eso sólo nos queda esperar que el inmigrante moderno encuentre su padre Bartolomé de las Casas, y sea defendido por su Francisco de Vitoria […]

Carlos Fuentes nació en Ciudad de Panamá en 1928 y se crió en varios países americanos, a causa de la profesión diplomática de su padre. Desde 1944 reside en México. En 1955 fundó la Revista Mexicana de Literatura, junto con Octavio Paz y Emmanuel de Carballo.
Publicó más de cincuenta obras (narrativa, ensayo, teatro, guiones para cine y libretos para ópera) entre las que resaltamos: Los días enmascarados (1954), Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), La región más transparente (1958), Zona sagrada (1967), Cambio de piel (1967), Terra Nostra (1975), Agua quemada (1981), Gringo viejo (1985), Cristóbal Nonato (1987), El tuerto es rey (1971), Orquídeas a la luz de la luna (1982), El espejo enterrado (1992), El naranjo (1993), Diana o la cazadora solitaria (1994), La frontera de cristal (1995), Retratos en el tiempo (2000), y Adán en Edén (2009).
Le fueron otorgados los premios Biblioteca Breve (Barcelona, 1967); Rómulo Gallegos (Caracas, 1977); Alfonso Reyes (México, 1979); Nacional de Literatura (México, 1984); Cervantes (Madrid, 1987); y Premio Internacional Don Quijote de la Mancha (2008).

Entrevista con Casimiro de Brito


"Con las manos vacíos"
Por Amparo Osorio
La siguiente entrevista al escritor portugués, invitado de honor a la clausura del Festival de Literatura de Bogotá, fue realizada y traducida por la poeta colombiana Amparo Osorio.
De Brito nacido en Algarbe, en 1938, es autor de más de cuarenta libros. Poeta, novelista, cuentista y viajero, ha dirigido varias revistas literarias, entre ellas Cadernos do Meio-Dia con António Ramos Rosa. Estuvo vinculado al movimiento Poesía 61. Sus poemas han aparecido en más de 140 antologías portuguesas y extranjeras. Ha sido director de los festivales internacionales de poesía de Lisboa, Faro y Porto Santo. Fue vicepresidente de la Asociación Portuguesa de Escritores, presidente de la Asociación Europea para la Promoción de la Poesía (Lovaina), y es director del PEN Club portugués. Sus obras fueron grabadas para la Librería del Congreso, Washington DC. Obtuvo el Premio Internacional Versilla, de Viareggio, a la «mejor obra completa de poesía», por Ode & Ceia (1985).
La Academia Mundial de la Fundación Martin Luther King lo galardonó en 2002 con el primer Premio Internacional Leopold Sédar Senghor por su carrera literaria. En 2005 fue distinguido con el Premio Europeo Mario Luzi al mejor libro publicado en Italia en 2004. Es traductor del japonés, y su obra ha sido vertida al gallego, español, catalán, italiano, francés, corso, inglés, flamenco, holandés, sueco, polaco, esloveno, servo-croata, griego, rumano, búlgaro, macedonio, albanés, húngaro, árabe, hebreo, alemán, chino, japonés... El prestigioso poeta leerá sus textos el jueves en el Gimnasio Moderno a las 6 pm y el sábado en la Biblioteca Virgilio Barco a las 5:30. Entrada libre.

Entre tus obsesiones permanentes los griegos siguen siendo una de tus recurrentes inmersiones. ¿Algún autor contemporáneo te ha suscitado el mismo fervor?
Los griegos, creadores de las muchas variantes de lo Bueno y lo Bello, muy apegados a la primera manifestación de las lenguas y su estrecha relación con el canto y el pensamiento, siempre han sido una obsesión mía. Vuelvo siempre a ellos porque en ellos encuentro todo aquello que en humanismo y cultura me interesa (antes del poder de las religiones) pues ya tocaban a profundidad las orientaciones fundamentales de Homero: el materialismo y el Idealismo. Para mí, que procuré siempre  hacer conciliaciones (y de ahí los distintos estilos de mi obra literaria) bebí en ellos inicialmente lo esencial de mi vida: el camino hedonista, después sintetizado en el Carpe diem de Horacio, y en el mundo de las religiones, por algunos pensadores (sabios unos, filósofos otros) porque toda la historia de la cultura occidental está atravesada por el espíritu griego. Yo nunca olvidé sin embargo de que los griegos bebían las aguas de Oriente, y por lo tanto, fui a beberlas; el pensamiento / la sensibilidad que se expresan en sánscrito, en el budismo, el sintoísmo, el taoísmo (y no por accidente, duré 17 años escribiendo mi Tao te king, en una posible visión occidental: me refiero a mi libro El camino del maestro que muy temprano en mi vida me llevó a pensar que el mundo era, al mismo tiempo, pequeño e infinito. Bastaba apenas el gusto de hollar, cavar más profundo (la Naturaleza) y, a veces más alto (la Divagación) y también percibí que en el Carpe diem he pasado por muchos laberintos hasta llegar a mi posición actual: "La muerte no existe/ todo es sexo y canto”. 

Si “todo ángel es terrible” como lo postuló Rilke en uno de sus poemas, ¿qué tanto de esta expresiva ambigüedad le cabe a la poesía?
Es precisamente a la poesía (a su canto) a quien compete afirmar que "todo ángel" (tal vez equivalente a lo que yo llamo en un sentido amplio, el sexo…) es terrible... Pero terrible, en el sentido  de  inagotable, de susceptible de “ofrecer” varias lecturas. Por lo que es poeta quien escribe poesía como quien lee poesía en libertad, quiero decir con un espíritu de interpretación, es decir, situándose, en ese momento, en un segundo centro del mundo: el de la producción y el del usufructo. La poesía debe ser natural e indispensablemente ambigua para que el lector la pueda interpretar pensando-SE, sintiendo-SE y no apenas instalándose en las palabras del poeta que son siempre un oráculo, algo sibílico, una fuente de aguas variables (y algunas de ellas, bien perversas.

Es notoria en tu obra la influencia del “espíritu del lugar” de que habla Durrell…
Sí, Durrell habla del "espíritu del lugar", pero toda la obra de Durrell se basa en múltiples visiones del lugar, en la explotación de esos puntos de vista (por eso escribió el Cuarteto de Alejandría y el Quinteto de Avignon con múltiples visiones o expresiones de los mismos hechos) y en este sentido –tal como Ovidio, Lucrecio, Ezra Pound, Fernando Pessoa, es uno de los autores que más me interesa. Ellos son los autores del laberinto, los escritores que no se expresan a través de un instrumento (que no quiere decir que no haya magníficos músicos), sino que son una orquesta, una polifonía.

Tu país posee una altísima tradición poética. ¿Qué otras voces además de Fernando Pessoa, Mário de Sá Carneiro , Sophia de Mello, António Ramos Rosa, Eugénio de Andrade…  sostienen esa  expresión popular: “Portugal tierra de poetas”?
Es como si se quisiera decir que es muy difícil ser un gran poeta en estos lugares. Si no, veamos: cuando los portugueses todavía estaban en el gallego (pues se escribía en "gallego-portugués") se produjo aquí una de las formas poéticas más importantes de todos los tiempos: las Cantigas d'Amigo, que el eminente profesor Stephen Becket de la Universidad de Londres, afirma que son unas de las cuatro micropoéticas más bellas y perfectas de todos los tiempos. En el momento de la épica fue escrita en portugués la más hermosa, delicada y expresiva de todas, Os Lusíadas de Luís de Camões, y para escribir, el poeta tenía que estar en posesión de todos los conocimientos científicos y filosóficos de la época, que se basó en sus viajes a Oriente, etc. Y cuando la poesía como universo no existía en parte alguna (no obstante el mérito innegable de dos o tres poetas en cada una de las lenguas más importantes como el chino, el castellano, el inglés, etc) aparece Fernando Pessoa que, más que un poeta, fue una literatura que no está aún toda publicada. Evidentemente que hay un antes (dos nombres geniales, Cesário Verde y Camilo Pessanha, éste último el mejor poeta portugués de todos los tiempos, por la belleza inalcanzable de sus música, un poeta que se exilió en el Oriente y nunca escribió un verso, y sus poemas fueron dictados a quien pasaba por Macao y conseguía alejarlo por algún tiempo de su opio), pero hay también un después más allá de Sá-Carneiro, de António Ramos Rosa, de Eugénio (un excelente músico), Sofía y algunos que no citaste, son de un mérito extremo, sobre todo el inmenso Herberto Helder, y también un Ruy Belo y una Fiama Hasse Paes Brandão...

Tus poemas han sido traducidos a más de 30 lenguas… Si el poeta es un traductor de la realidad o de la existencia,  ¿piensas que no hay traición al traducir un poema como lo sostiene  el adagio italiano: traduttore traditore?
En cuanto a las muchas traducciones de mi poesía corro un poco como nuestro Miguel Torga: si no conozco el idioma me parece bien, como lo que me aconteció, por ejemplo, con una traducción al albanés, publicada en septiembre y otra en búlgaro que se acaba de editar; pero si conozco el idioma soy más crítico, ma non troppo (pero no demasiado) y precisamente porque, para mí, el traductor es un lector especializado, pero tiene todo el derecho a la interpretación. Yo estaría triste si uno de mis poemas fuera traducido de la misma manera por tres traductores diferentes...

¿Crees, como dijo alguna vez Cervantes, que el portugués es “el castellano sin huesos”?
No, en absoluto. Ni el portugués es el castellano sin huesos ni el castellano es el portugués con huesos. Lo que está ocurriendo es un fenómeno muy completo, que en este corto espacio no puedo desarrollar, y es que las lenguas son sutilmente creadas por pueblos que han pasado por un determinado lugar. En el caso de mi portugués, tiene que ver (pero sólo los expertos pueden desencantar los matices) con el hecho de que yo nací en el sur y he vivido casi siempre junto al mar: pues bien, por estos lugares pasaron y estuvieron algún tiempo, 15 o 16 pueblos extranjeros, griegos, romanos, árabes, bereberes, Judios, fenicios, celtas, etc... y todos ellos ayudaron a construir el lenguaje, que puede no tener nada que ver con un "sentimiento interior", de lugares poco frecuentados / invadidos / etc, por otros pueblos. Estas contingencias ayudaron a configurar el idioma, que se tornó cantable (en el caso de Italia), más racional (en el caso francés), más radical y muscular (en el caso del castellano de España) y más sentimental (en el caso del portugués). Además es preciso tener en cuenta también que durante siglos los árabes estuvieron en la península (llamada Al-Andalus: Sur de España y Portugal), refinaron aquí una magnífica civilización y que muchos de los mejores poetas árabes de todos los tiempos nacieron en esta región: su herencia es inagotable...

Volver a Colombia ¿qué significa para un viajero incansable como tú?
Volver a Colombia es una alegría. Yo viajo por todo el mundo y siempre voy con las manos vacías y con las manos vacías regreso, pero siempre inmensamente más rico.  Así fue y así será de nuevo con tu bello país.  


ESCRIBO poesía escribo
una lengua de muertos
que nunca morirá.
Tal como estuve en el vientre de madres
tal como estoy en el seno de mi amada,
escribo poesía, un idioma
que no domino. El amor
no se domina. Una loncha de tierra fresca
comida en la lengua y en tu boca,
donde bebo incansable pues seno
es todo. Bajo el peso del paraíso
recorro la vida y la muerte
en el mismo instante.
Escribo poesía escribo
como quien se baña en el agua
más antigua y siempre
inaugural. La boca en un oído
que no se revela.
Todo es seno, y duele. Escribo
con el cuerpo y el cuerpo,
aunque es de noche,
va con las nubes
y no mira
hacia atrás.

Entrevista con Yolanda Castaño


“La belleza corrompe”
Con-Fabulación conversó con la poeta y guionista gallega Yolanda Castaño invitada al Festival de Literatura de Bogotá 2011, quien leerá sus poemas el sábado 29 de octubre en el Teatro Julio Mario Santo Domingo (Av calle 170 No 67 – 51) a las 3 pm en compañía del escritor y traductor austríaco Christoph Janacs. Aquí este diálogo como preámbulo a la ceremonia de su palabra poética.  

 “La belleza corrompe”, dices en tu poema “Historia de la transformación”. Este objetivo estético que para los griegos permanecía aliado a lo armónico, para ti está provisto de un carácter aciago...
Mucho han mudado las cosas —lamentablemente— desde aquella sociedad griega! Puede que la belleza se haya ido cayendo de la vieja tríada clásica. Reflejada en la sociedad actual —mucho más socialmente corrupta y desconfiada— me parece ver a la belleza levantar más suspicacias que respeto, restar credibilidad, hacerse sinónimo biunívoco de superficialidad y provocar recelos. Esa ha sido la experiencia que yo he podido observar. Al menos, cuando se maneja en ámbitos supuestamente “intelectuales”, donde suele tener bastante mala prensa...

El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”, había dicho genialmente René Char. En tus poemas el deseo es recurrente… ¿Qué podrías agregar sobre ese animal que nos vigila sin piedad?
Que sin él —en todas sus múltiples formas— estaríamos muertos y muertas. Cuando no existe deseo nada se puede alcanzar, las cosas y sus emociones pierden sentido. Cuando todo nos es dado nada nos mueve, y precisamos de ese perpetuo combustible para nuestro íntimo motor. Que nos dure mucho el deseo, que sea largo y multiplicado para no dejar de proponernos retos que hagan de nosotros algo mejor.

Naciste poco después de la muerte de Franco, en una época que despertaba de una petrificación de cuatro décadas. La droga como divertimento o aguda forma de la percepción, y la liberalidad en conductas antes proscritas generan imágenes en tu poesía...
Aunque efectivamente yo ya no conocí otra cosa que democracia y por lo tanto no tuve la sensación de algo nuevo, me doy cuenta de que había que aprender a manejar la libertad, a modelarla desde la imperiosa y delicada práctica de responsabilidad, a decidir lo que queríamos, a encontrar quienes éramos. La libertad es a veces un pájaro delicado entre nuestras manos, a quien no sabemos bien cómo alimentar. Pero soy plenamente consciente de que es el único oxígeno que hace la vida posible, y es un deber ejercitarla y cuidarla como un serio tesoro también.

Durante las últimas décadas ha surgido en el universo femenino la moda de una escritura de provocación erótica. ¿Es que la mujer empieza a descubrir poéticamente su cuerpo o una frívola tentativa de eficacia mediática?
No creo que ninguna poeta honesta escoja sus temáticas en base al mayor rendimiento mediático, en absoluto! Y lo frívolo es —precisamente— el pensar que se pueda responder a “una moda”. La poesía es una pulsión mucho más honda, esencial, casi necesaria. En ella habla más bien lo que no podría callar de otro modo. Así es que, en determinado momento, el cuerpo femenino necesitó alzar la voz que se le había negado y conquistar espacios que le habían sido ajenos. Nuestro cuerpo y nuestro deseo pasaba de ser objeto pensado a sujeto pensante. Con todo, en Galicia y en España esta tendencia ha resultado ya superada —o sometida a una decidida evolución— desde hace más de diez años. En mi propio caso, hace unos catorce que no escribo un poema de temática erótica.

¿Cuál es tu definición del viaje, misteriosa forma temporal, que ejercitas con tanta febrilidad?, ¿y cuál paraje de los últimos que has visitado te ha trastornado poéticamente?
Aciertas de pleno cuando lo calificas de “forma temporal” porque en el viaje, paradójica y sorprendentemente, mientras muda para nosotros de un modo evidente la perspectiva espacial, al final no lo hace menos la del tiempo: el que viaja o la que viaja carece apenas de pasado, es ya sólo presente y futuro inmediato, suspendido en una realidad fuera de la propia. Viajar es lo más parecido que se puede hacer a emborracharse sólo que sin resacas del día después, es vivir doblemente, es sentir al cuadrado.
Algunos de los paisajes que me han conmovido más en los últimos tiempos podrían ser el templo de Angkor Wat al atardecer, la antigua gloriosa ciudad abandonada de Palmira o la Laguna Azul en Islandia.

¿Adviertes alguna diferencia sustancial entre la poesía que se escribe actualmente en España y la realizada en América Latina?
Aunque a algunos les cueste admitirlo, parece evidente que actualmente la mejor poesía que se está escribiendo en español no es la que se produce en la Península Ibérica. La poesía latinoamericana es capaz de un frescor, una especie de perplejidad transcendente, de fantasía libérrima, de arrojo visionario difíciles de encontrar en la España de hoy. Afortunadamente hay honrosas excepciones que compensan la balanza, pero no pocos/as poetas españoles actuales resultan voces cargadas de lecturas y referencias, con un excelente, correctísimo oficio, pero a veces incapaces de zarandearte como lector, de aportar algo nuevo o de “mojarse”, lanzarse al vacío (incluso si alguna que otra vez meten la pata, lo que también está muy bien). En descargo de todo esto y sin querer pecar de chauvinismo, he de decir que —quizá por todo esto— siento más cerca incluso de Latinoamérica que de España a la poesía que se escribe hoy en día en Galicia en gallego (que obviamente es otra literatura y responde a otra tradición). Y os animo a conocerla y comprobarlo por vosotros mismos!

Yolanda Castaño nació en Santiago de Compostela, Galicia, España, en 1977. Poeta, videocreadora y articulista de opinión en varios periódicos y revistas gallegas. Es Licenciada en Filología Hispánica, ha realizado también estudios audiovisuales. Por su obra poética ha obtenido los siguientes galardones: Premio Espiral Maior, Premio Nacional de la Crítica (1999) y Premio Ojo Crítico (2009).
Dirigió, presentó y elaboró los guiones de su propio programa de TV dedicado a las vanguardias artísticas gallegas: “Mercuria”, por el que fue galardonada como “Mejor Comunicador/a de TV 2005”. En 2011 recibió dos Becas Internacionales de Creación en Residencia en instituciones de Rodas (Grecia) y Munich (Alemania). Poemas suyos han sido traducidos (en libros colectivos o revistas) al español, euskera, alemán, italiano, francés, inglés, árabe, chino, ruso, lituano, polaco y japonés. Es autora de: Elevar as pálpebras (Premio Fermín Bouza Brey, Espiral Maior, 1995); Delicia (Espiral Maior, 1998); Vivimos no ciclo das Erofanías (Premios Johán Carballeira y Nacional de la Crítica, Espiral Maior, 1998); Vivimos en el ciclo de las Erofanías (Huerga & Fierro, 2000); Edénica (antología personal + CD con versiones cantadas de sus poemas, Espiral Maior, 2000); O libro da egoísta (Galaxia, 2003); Libro de la egoísta (Editorial Visor, 2006); Profundidade de campo (XV Premio de Poesía Espiral Maior Espiral Maior, 2007); Profundidad de campo (Premio Ojo Crítico de Poesía 2009, Editorial Visor, 2009).

Entrevista con Augusto Rendón


El artista invisible
Por Gonzalo Márquez Cristo
Augusto Rendón nació en Medellín, Colombia, el 2 de febrero de 1933. Especializado en pintura mural y grabado en la Academia de Bellas Artes (Florencia - Italia), fue profesor de plástica de la Universidad Nacional de Colombia. Su obra ha participado en diversas exposiciones entre las que sobresalen: la Muestra de Artistas Latinoamericanos en Roma (1958), la Exposición Internacional de Grabado en Frenchen (Alemania, 1972) y la Bienal de Tokio (1962). Obtuvo dos veces el Primer Premio de Grabado en el Salón de Artistas Nacionales (Bogotá, 1963 y 1966), y el Premio Internacional de Arte sobre los Derechos Humanos (1968). El Ministerio de Cultura le rendirá un homenaje por su vida y obra el próximo 15 de septiembre en el Claustro de San Agustín. A continuación el legado reflexivo de su arte vital.

—Estoy muy conmovido, me ocurrió algo fatídico, sin embargo creo que fue Cioran quien dijo: “Si la muerte no fuese una solución ya le habrían encontrado el remedio”, pensamiento justo y luminoso —afirma Augusto Rendón ingresando a su sala en una túnica blanca y sandalias, y abriendo una botella de whisky sin preámbulos innecesarios.
—No comprendo su desolación, pero así se comienza un reportaje verdadero, no se imagina cuántas veces he perdido el tiempo con pintorzuelos que pretenden conversar durante horas al ritmo adocenado del agua.
Rendón sonríe y se sienta en una mecedora señalando el horizonte de una tormenta que se avecina.
—Me ocurrió algo muy doloroso la semana pasada: mi perra dálmata Urania, murió luego de leer mi mente durante una década y media. Ahora me encuentro a merced de los seres humanos… Realicé el ritual del adiós pues tengo un gran respeto por el fin, estado profundamente necesario, y hasta ahora estoy sobreponiéndome. Las religiones se sirven de la arrogancia del hombre y comercian con sus ansias de inmortalidad, pero por suerte somos perecederos. La muerte es benéfica, no podemos olvidarlo. El cristianismo y todos los credos monoteístas son catastróficos. Es curioso pensar que los paganos, eran en la antigüedad los campesinos, aquellos ingenuos seres que en los bosques (los pagus) o fuera de las aldeas, no habían sido catequizados y seguían adorando libremente a sus dioses totémicos….
—Al contemplar su obra es notorio el interés por los temas bíblicos, y lo que es paradójico, por el ateísmo. Son numerosas las figuras religiosas que lo han trastornado…
—La Biblia, es el libro de los despropósitos. En el Antiguo testamento ocurren más injusticias por página que en un noticiero televisivo de un país tan ultrajante como Colombia. Pensemos en el pobre Job a quien una divinidad perversa somete a sus caprichos, arrebatándole lo que más ama tan sólo para probarlo. Y recordemos a Lot, quien canjea sus hijas por dos desconocidos que hospeda en su casa y que pretenden ser violados por la turba colérica de Sodoma… Son múltiples los ejemplos…
—¿Le debemos algo benéfico a las religiones?
—Desde luego, el gran arte religioso que nos enseñó el cuerpo de los ángeles, esas figuras perturbadoras carentes de sexo que imponen una de las formas más extrañas de la feminidad.
En la pared central de la sala una excitante Cleopatra pintada al acrílico cena con Rendón sin advertir la presencia de una cobra que vigila en un cesto.
—El arte desde la época de las cavernas hace soñar. Ese es su objetivo primordial, gracias a él he podido compartir con Cleopatra, con Judith y Salomé, y con algunos especímenes femeninos bellos y atemorizantes.
Levantamos los vasos para brindar.
—Sé que su acercamiento al arte partió de la contemplación de algunas imágenes religiosas…
—En especial la Magdalena penitente de Tiziano. La primera versión fechada en 1533, que hoy se encuentra en el Palacio Pitti, es de una fuerza erótica ejemplar. Yo tenía ocho años cuando espiaba por una ventana la casa vecina tan sólo para ver una reproducción de esa imagen extática con los senos al descubierto, entre su larga y ondulada cabellera...
—¿Cree que el erotismo requiere de una prohibición para nacer, que es el salto sobre el interdicto?
—Sí, el erotismo es otra de las pocas dádivas de las religiones, la más fascinante. Es la fuerza que transgrede un dogma. He pintado a la bella y casta Susana bañándose, que en el Libro de Daniel es perseguida por unos viejos sórdidos, quienes primero la contemplan en su ceremonia acuática y luego la condenan a muerte por no aceptar sus propuestas. Es una de las situaciones más obsesionantes del arte pues ha sido recreada por Rembrandt, Rubens, Gentileschi, Van Dick, Tintoretto, Altdorfer, Guercino, El Veronés…
—¿Y Judith y Holofernes?
—He pintado a esta pareja desdichada varias veces. Es un episodio inverosímil como tantos del Antiguo testamento, pues no puedo creer que una mujer judía pudiera entrar tan fácilmente a la tienda del poderoso general asirio para decapitarlo. Algo se insinúa entre ellos, fue entonces otro gran amor decapitado.

Augusto Rendón: “Judith y Holofernes”

El vendaval azotaba un edificio vecino en construcción. Un remolino de polvo ascendía temerario. Nos acercamos a la ventana para contemplar el poder circular del viento que levantaba hojas y papeles, y hacía temblar los cristales. La tempestad era atronadora. El oro del whisky atemperaba nuestro ánimo.
—Cuando estudió en Italia pudo recorrer ese país… Para los cultores del arte, Pompeya, la licenciosa ciudad romana sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79, que sorprendió a los habitantes en su cotidianeidad, en su intimismo, convirtiéndolos en esculturas de piedra, es una de las ciudades sagradas del erotismo…
—El artista es ante todo un voyeur. La Villa de los Misterios de Pompeya marcó mi vida sexual y de alguna manera mi expresión artística. Sus frescos son magníficos. Los ritos cruentos en homenaje a Venus, el sadomasoquismo, los seres humanos esculpidos por el fuego, son indescriptibles. Esa ciudad, que alguna vez estuvo tan viva como pocas, fue destruida en segundos y aún conserva la fuerza de su erotismo, el vigor de la fascinante danza del amor y la muerte. Era un pueblo vibrante. Allá nadie estaba solo, o tal vez únicamente Plinio El Joven, quien por eso abandonó ese lugar febril y pudo salvarse para narrar la crónica de esa erupción colosal. El rojo y el amarillo de esas pinturas no he podido olvidarlos jamás. Al caminar por sus ruinas me quedó la sensación de que la esencia del hombre no ha cambiado, que sus búsquedas sexuales y estéticas son casi idénticas, y que los cambios o progresos se dan tan solo en el terreno formal, nunca en su interior...
—¿Hay algún pintor del universo erótico que le sea imprescindible?
—Varios… Tiziano pintó a Dánae y la Venus de Urbino, Modigliani otras provocadoras obras maestras, Durero su Adán y Eva, Caravaggio a Judith y Holofernes… En la recreación de los episodios mitológicos y religiosos es donde el erotismo reina en todo su esplendor.
Los relámpagos marcaban nuestros rostros. Por la ventana la ciudad comenzaba a encender sus luces. Rendón se levantó para servir un nuevo trago, luego señaló una avenida que se extendía hacia el occidente en forma de Árbol de Navidad.
—Y, retomando el tema bíblico, ¿ha pintado a Jesús…?
—En tres ocasiones y con algo de ironía. Una vez lo dibujé bebiendo Coca Cola. En otra ocasión lo plasmé con taparrabo, también tengo una versión donde aparece con un brazo desprendido de la cruz. No comprendo cómo una religión puede ser tan cruel para postular que la redención está en el sufrimiento...
—El diablo también es una imagen de gran poder en el arte…
—Este personaje simpático y pintoresco ha despertado la imaginación de extraordinarios creadores. Es una figura omnipresente en nuestra vida pues nos inculcan su imagen terrorífica desde la niñez. Le debemos a Luca Signorelli una de sus representaciones más exquisitas, también El Bosco se aproximó a su figura perturbadora. El fascinante Macho cabrío de Goya es insuperable… No le perdono al cristianismo el haber usurpado la imagen de los faunos, o la del dios Pan, hermosa figura de la fertilidad y de la fiesta, para convertirlo en ese ser aciago productor del mal.
—Goya anima su pintura. La carga de los mamelucos y Los fusilamientos de la Moncloa lo sitúan como uno de los precursores del Expresionismo, territorio sensible que usted habita; además la serie de grabados Los desastres de la guerra es una referencia imprescindible de su arte…
—Sí, Goya, el visionario. Las catorce obras que han sido nombradas como sus pinturas negras son de una poesía desgarradora... Cuando regresé de Florencia donde estudié durante la década del sesenta pintura mural y grabado, me vinculé a la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, y lo primero que hice fue reparar una prensa que estaba hibernando y comencé a plasmar bajo la técnica del aguafuerte y la punta seca, toda mi imaginería de seres asediados por la violencia, y sin duda Francisco de Goya, me dictó algunas de mis pesadillas gráficas.
—Podría decirse que resucitó el grabado en nuestro país, ¿aún lo ejercita?
—Sin la misma disciplina que antes, aunque en este momento trabajo poco el aguafuerte pero bastante el linóleo. Recuerdo con hilaridad que una vez nos invitaron, a Umberto Giangrandi y a mí, a un programa televisivo, porque querían rendirle tributo a los oficios de la aguja, y como nosotros trabajamos con esa herramienta para realizar los grabados, fuimos exhibidos allí como unas dulces costureras, ¿quién podrá creerlo?
—Durante la década del sesenta la violencia encontró su expresión pictórica en Colombia, sin duda por un sentido político que se vinculaba por entonces a todas las manifestaciones humanas…
—Durante esos años advertimos que el país se convulsionaba, se desangraba. Nuestra aventura estaba en realizar obras que contaran la realidad aciaga con un gran sentido estético, pero la motivación era testimoniar la injusticia. Goya no quería hacer un cuadro bonito al pintar Los fusilamientos sino denunciar el genocidio de las tropas francesas durante la toma de Madrid... A manera explicativa recuerdo que cuando Picasso pintó el Guernica, cenit del sentido político que puede alcanzar una obra de arte, un nazi le preguntó: “¿De manera que usted hizo esto?”; a lo que el genio andaluz le respondió: “Yo no, ustedes hicieron esto”.
Interrumpimos el diálogo para escanciar la bebida dorada. Rendón habló de esa metáfora que une al agua con el sol en el whisky, del maridaje con el fuego. “El color de la tormenta, ese es el que me gustaría hallar muchas veces”, dice atribulado. El viento se mostraba amenazante. Nos acomodamos para mirar hacia el horizonte convulso.
—Cree que algunas veces la violencia es una manifestación erótica…
—Sí, en lo que atañe a Sade o Sacher Masoch e incluso en las posibilidades contemplativas del arte. Pero cuando se trata de una avanzada política o militar, cuando los más indefensos se vuelven un objetivo de castas tiránicas, allí la posibilidad sensual o erótica se me escapa. Con Alejandro Obregón y otros artistas que trabajábamos este tema en forma sistemática, realizamos hace cuarenta años una exposición en Puerto Rico denominada Testimonios. Y allá, en esa pacífica isla tropical la muestra tuvo gran repercusión, pero en Colombia, cuna de aquellos improperios que describíamos en nuestra pintura, los medios se negaron a registrar la exhibición por considerarla subversiva.
—Como vigía de esa época de sustanciales cambios ¿cree que Obregón orquestó una fractura sin precedentes en el arte realizado en Colombia?
—Él inauguró la pintura colombiana; habíamos tenido buenos artistas pero que trabajaban con formas del pasado; en otras palabras: sólo habíamos tenido traductores del arte universal, pero nada verdaderamente nuestro… Claro que él venía de la estética de Antoni Clavé, porque uno siempre tiene un padre… Hasta Picasso tenía un progenitor…
—O varios… aunque Cézanne y Van Gogh sea los más referenciados...
—Bueno, Picasso asaltó todo… Él decía que “el artista es un coleccionista pobre”, porque debe pintar lo que no puede tener. Ahora me pregunto si quería tener la Monalisa cuyo homenaje cubista es tan inquietante y si deseaba tener en su casa la Maja desnuda de mi querido Goya cuya versión picassiana es tan desafortunada, tan vacía, tan carente de sensualidad.
—Hay uno o varios matices que se ensañan con los pintores. Van Gogh, dijo: “Yo lo único que he hecho es buscar el azul” y tal vez por eso encontró el amarillo, el color antinómico…
—De hecho hay unos colores que me deslumbran: el azul cerúleo y los verdes tierra... Admiré en 1990, en el centenario de la muerte de Van Gogh una completa retrospectiva que se realizó en Holanda. Allí volví a ver su color demencial y sus extraordinarios dibujos, en los cuales no me había extasiado antes, escondidos por el magnífico poderío de su color. Van Gogh es tan armónico como atormentado y pintó casi mil cuadros en diez años. Cuervos sobre el trigal es del año de su muerte. Pero nos queda el interrogante sustancial, pues si para ser buen pintor tenemos que sufrir tanto preferiría ser buen tendero.
—En la Carta 418 Van Gogh responde lúcidamente así a una crítica que le transmite Theo: “Dile a Serret que encuentro las figuras de Miguel Ángel admirables, aunque las piernas sean demasiado largas, los muslos y las caderas demasiado anchos. Dile que a mis ojos Millet y Lhermitte son verdaderos artistas, porque ellos no pintan las cosas como son, de acuerdo con un análisis somero y seco, sino como ellos, lo sienten…”
—Es un pensamiento irrebatible… Miguel Ángel no era buen pintor siendo el mejor dibujante, y así como era un escultor inalcanzable debemos aclarar que deformaba la anatomía, que pintaba a las mujeres con musculatura masculina, que sin duda las caderas de sus mancebos son muy anchas como dice Van Gogh, y que si observamos esa obra maestra llamada La noche, cuya imagen tengo pegada en la puerta de mi estudio, notaremos que provocaba errores que fortalecían su arte. Allí viola la norma anatómica de que en una pierna doblada el talón debe dar en los glúteos. Debemos pensar que este artista grandioso hacía a propósito estas distorsiones, porque sabía que el arte no debe representar la realidad sino inventarla.
—Recuerdo la frase categórica de El Greco: “Miguel Ángel era un hombre digno, lástima que fuera tan mal pintor”, que fundamenta la división de aguas del dibujo y la pintura. El Greco visitó la Capilla Sixtina a su regreso de Venecia, lugar donde comenzó el color a separarse del dibujo…
—Es cierto, ser pintor consiste en ser colorista y eso se aprendió en Venecia, décadas después de la explosión universal del arte que accionaron los florentinos. En otras palabras: los venecianos inventaron el color.
—¿Conoce la Capilla Sixtina después de la restauración?
—Produce una sensación contradictoria: es sublime e imperfecta. Cuando uno se para allí es inevitable pensar que Miguel Ángel inventó el comic.
—Y también la escultura de la contemporaneidad, sus cuatro Prisioneros se anticiparon algunos siglos…
—Esas piezas maestras que menciona me obligan a evocar una anécdota… En una ocasión con un pintor venezolano, mientras visitábamos la Galería de la Academia en Florencia, después de asombrarnos como siempre ocurre, por más veces que uno la visite, con el David de Miguel Ángel, contemplamos los Prisioneros, esas figuras tan polémicas por su condición inconclusa. Es de anotar que durante tres siglos se creyó que el artista no las había terminado por alguna contingencia, pero sólo en el siglo XX se comprendió que el genio las había dejado así, al descubrir que lo inconcluso tenía un atributo estético. Bueno, aquella vez habíamos bebido unos vinos y amparados en una euforia inolvidable le pedimos al guardia que nos llamara al director de la Galería, pues éramos artistas latinoamericanos y le teníamos una propuesta de gran importancia. Cuando apareció el adusto personaje le referimos nuestros estudios artísticos y pasamos a decirle con la mayor seriedad que nosotros, podíamos culminar esas obras que Buonarroti afrentosamente había dejado inconclusas, y que aún más, no cobraríamos nada, que todo lo haríamos por altruismo, pues nos parecía que un museo de esas características no debía tener piezas en ese estado tan lamentable… El tipo dio un paso hacia atrás alarmado, y después de superar el estupor, llamó a los guardias para que nos sacaran inmediatamente del recinto. La seguridad en pleno nos expulsó. Y nosotros, sin reírnos, abandonamos el lugar hablando de la incompetencia del director, y repitiendo estentóreamente en italiano: Eso nos pasa por filántropos, pero a quién se le ocurre exponer unas esculturas inconclusas en un museo de tanto prestigio…
El whisky giraba en el sentido estricto de las manecillas del reloj. Alarmados notamos que el hielo se acababa. Servimos los últimos “peces transparentes” como Rendón los denominó y nos levantamos con destino a la sala contigua donde el artista había preparado una exposición privada de su obra, y allí, arrodillados, fuimos admirando decenas de telas que yacían en el piso.
—¿No le parece que el siglo XX fundamentó la impostura en el arte y que tal vez sea necesario regresar al dibujo, a esa elemental técnica donde no es posible mentir?
—Sería consecuente hacerlo. El artista debe aprender lo básico antes de inventar artilugios. Es notorio que el lugar de la pintura y la escultura (dos artes adosadas al espacio), ha sido sustituido por el performance y el happening (dos expresiones esclavas del tiempo). También es evidente que sus cultivadores han especulado hasta la desesperación. El arte conceptual se basa en simples instantes ingeniosos pero eso no debe ser suficiente. Los artistas que comienzan, lo sé por mi prolongada experiencia pedagógica, se sienten como un corcho en un remolino y no saben que el arte no puede estar de moda porque entonces en pocos años tendríamos que buscarlo en el desván del olvido. Marcel Duchamp cuando hacía sus ready made jamás imaginó que dejaría una herencia tan vacía. Mi arte y el de mis compañeros de generación parece acorralado, y son pocos los canales que tenemos para divulgarlo. Excelentes artistas como Ángel Loochkartt, Carlos Granada, Leonel Góngora y Antonio Samudio, que me ejercitaron tanto en la vigilia, no alcanzan el espacio que se merecen ante la ceguera mediática. Las escasas galerías que todavía existen están dedicadas a lo decorativo, los salones nacionales optaron por lo conceptual. Yo por ahora, y mientras sigo incrédulo en la distancia las tendencias actuales, sólo puedo manifestar que estoy dedicado al Jurasik Art.

Augusto Rendón: “Sueño del artista invisible”
Rendón movía sin fatiga obras en ese escenario improvisado del piso y fueron habitando mis retinas: óleos de centauros y lascivos personajes bíblicos, mujeres despojándose ritualmente de su ropa interior y parejas comiendo uvas bajo la hoz de la luna, representaciones de masacres acaecidas en Colombia, grabados de caballos enfurecidos y esqueletos trenzados en una lucha más allá de la muerte, hasta que el artista se detuvo en un cuadro violeta de formato medio y separándolo de los otros dijo con voz trémula:
—Esta obra parece fruto de la hechicería. Al terminarla la cubrí con un barniz opaco y cual sería mi sorpresa al día siguiente cuando advertí que la imagen había desaparecido por completo. Trastornado por ese efecto extraño acudí a mi alquimia personal para retirarle el barniz y minutos después de pasarle la sustancia por la superficie la imagen retornó felizmente, sin embargo al secarse, de nuevo se esfumó. Con unos amigos incrédulos repetimos el truco ante una cámara de video y allí el milagro volvió a producirse, pero después de varias veces de repetir mi ceremonia la imagen regresó para quedarse, o eso creo; no obstante en ocasiones me produce cierto temor contemplarla, y aunque no soy supersticioso he pensado que un artista fantasmagórico borra a altas horas de la noche todo lo que yo hago...
—En Utopía de un hombre que está cansado de Borges —le comento—, el protagonista viaja al futuro donde un pintor le obsequia un cuadro, pero al retornar al presente observa que la imagen ha desaparecido y afirma en forma culminante: “En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta”. 
Quedamos en silencio por unos segundos ante la sentencia borgeana. Notamos que la entrevista llegaba a su fin. Antes de despedirme, y sin poder evitarlo, adquirí el óleo y lo dejé expuesto en mi sala al acecho de la magia. Sobra decir que durante la noche me levanté con sigilo varias veces para sorprender al invisible visitante que acostumbra a regresar para borrarla. Aún puedo apreciar la imagen misteriosa en su totalidad, aunque algunos puntos blancos en la esquina superior comienzan a llenarme de espanto.

Bogotá, viernes 9 de septiembre de 2011